Jazz en la Casa Redonda

julio 15, 2008

Sospechaba yo que aquí en la capital del imperio tenía que explorar un poco más el mundillo de los conciertos. En una ciudad como ésta es normal que cada fin de semana haya conciertos legendarios. Sea cuál sea el tipo de música que te guste, no hay problema aquí.

Ayer no me pude negar a la sugerencia de Andy de ir al Roundhouse Theatre a un concierto de jazz. Según una traducción liberal de sus palabras, habría “unos cuantos grupos bastante buenos al principio, djs legendarios al final, y en medio una banda de japoneses que tocan jazz como energúmenos, saltando por el escenario”. Era lunes, pero cómo no ir.

Y el caso es que no era en absoluto como me lo imaginaba. No sabía cuando fuí que en ese mismo sitio había tocado gente como Pink Floyd o Jimi Hendrix. Que estaba lleno de culturetas y gafapastas si me lo imaginaba. Que el grupo de introducción me pondría los pelos como escarpias no me lo imaginaba.

Parece que el jazz que se hace ahora no tiene mucho que ver con el que me imaginaba yo de hace cuarenta o cincuenta años. La música era muy parecida en ocasiones a la electrónica en los ritmos y sonidos, más o menos música como haría Massive Attack o house ibicenco. De hecho la última canción que toco ese grupo la batería era directamente de Drum´n Bass, el tío era increíble como tocaba.

Pero bueno, discusiones filosóficas sobre el origen de la música aparte, los japoneses eran la hostia. El grupo se llama Soul&Pimp, y Andy los había visto en Croacia hace un par de años. El jazz que tocan es más normal, pero el espectáculo impresionante. No pararon de tocar y dar saltos durante media hora, al cabo de la cual el trompeta, el saxo y el maestro de ceremonias se retiraron un rato, si no lo hubieran hecho por lo menos el saxo creo que hubiera muerto.

Luego otra media horita del piano el bajo y el batería tocando algo más parecido al grupo anterior, menos de bailar y más de escuchar. La música era bestial, pero las pintas de los tipos con los kimonos y las expresiones que ponían eran la leche. No tengo fotos, pero ya se las sacaré a Andy. El bateria era un japones gordo con el pelo afro, el bajo era delgadito con pelo liso largo y bigote, y tocaba con expresión de monje budista. El piano llevaba melena que podría ser de metalero y que no paraba de menear adelante y atrás con expresión de éxtasis mientras aporreaba el instrumento.

Luego regresaron los otros tres para terminar el show con otra media hora de bailoteo. El saxo era calvo y llevaba una enorme gorra plateada, y bailaba como un gorila, el trompeta tenía pinta de tipo normal y miraba a todo el mundo como con desprecio, en plan malote de Kill Bill. El maestro de ceremonias era uno que sólo se dedicaba a animar a la gente con el microfono, y a hacer poses por el escenario. No tocaba, pero era pieza fundamental del espectáculo.

Resumiendo, una experiencia que bien me ha merecido la pena. Bebí cuatro pintas y he dormido seis horas, para luego trabajar nueve, pero lo volvería a hacer… dentro de algunas semanas.

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