The sleepwalkers

julio 23, 2008

Este libro me fue referido por una adorable hippy cincuentenaria en la fiesta de despedida de Rubén. Estábamos teniendo la típica charla intelectualoide de libros y ella me dijo que éste era uno de los que más le gustaban, no me impresionó mucho hasta que yo le dije uno de mis preferidos, Zen and the Art of Motorcycle Repairing, y la tia empezo a flipar diciendo que el mío era la secuela del suyo, que es de los años 50.
 
Asi que agrupé lo poco que me quedaba de coordinación a esas horas de la borrachera y me lo apunté en el móvil. Cuando lo volví a ver al día siguiente ni me acordaba de lo que iba la movida, pero lo busqué en Amazon igual. Al parecer era una historia de la cosmología desde los griegos hasta Newton y todo el mundo alucinaba con el libro, y realmente decían que era la precuela del otro. Así que, por tres libras miserables, pedí que me lo trajeran.
 
Y realmente es muy bueno, le recomiendo a todo el mundo con un mínimo interés en la ciencia, historia o filosofía que se lo lea. También a todos aquellos que les resulte interesante leer como Aristóteles era un ignorante, Platón un viejo acobardado, la obra de Copérnico un truño infumable, o Galileo un capullo arrogante.

 
Arthur Koestler, el autor del libro, hizo un trabajo magnífico rebuscando en la correspondencia y las obras de estos grandes pensadores desde los griegos hasta Newton, tratando de explicar no sólo como habían hecho avanzar a la ciencia, sino también como eran como seres humano. Lógicamente, eran personas bastante normales, con sus debilidades, miedos y obsesiones.
 
El otro aspecto que se trata en el libro es la evolución de la ciencia, como se llegó hasta el método científico y como la historia en este aspecto no ha sido ni mucho menos una progresión continua hacia la verdad, sino mas bien una sucesión de errores muy humanos y la lucha por derribarlos para poner otros errores mas acordes con la realidad.
 
Me gustan mucho los libros que te inducen a leer otros libros, algun dia os hablare de los que para mí se relacionan con este.

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Jazz en la Casa Redonda

julio 15, 2008

Sospechaba yo que aquí en la capital del imperio tenía que explorar un poco más el mundillo de los conciertos. En una ciudad como ésta es normal que cada fin de semana haya conciertos legendarios. Sea cuál sea el tipo de música que te guste, no hay problema aquí.

Ayer no me pude negar a la sugerencia de Andy de ir al Roundhouse Theatre a un concierto de jazz. Según una traducción liberal de sus palabras, habría “unos cuantos grupos bastante buenos al principio, djs legendarios al final, y en medio una banda de japoneses que tocan jazz como energúmenos, saltando por el escenario”. Era lunes, pero cómo no ir.

Y el caso es que no era en absoluto como me lo imaginaba. No sabía cuando fuí que en ese mismo sitio había tocado gente como Pink Floyd o Jimi Hendrix. Que estaba lleno de culturetas y gafapastas si me lo imaginaba. Que el grupo de introducción me pondría los pelos como escarpias no me lo imaginaba.

Parece que el jazz que se hace ahora no tiene mucho que ver con el que me imaginaba yo de hace cuarenta o cincuenta años. La música era muy parecida en ocasiones a la electrónica en los ritmos y sonidos, más o menos música como haría Massive Attack o house ibicenco. De hecho la última canción que toco ese grupo la batería era directamente de Drum´n Bass, el tío era increíble como tocaba.

Pero bueno, discusiones filosóficas sobre el origen de la música aparte, los japoneses eran la hostia. El grupo se llama Soul&Pimp, y Andy los había visto en Croacia hace un par de años. El jazz que tocan es más normal, pero el espectáculo impresionante. No pararon de tocar y dar saltos durante media hora, al cabo de la cual el trompeta, el saxo y el maestro de ceremonias se retiraron un rato, si no lo hubieran hecho por lo menos el saxo creo que hubiera muerto.

Luego otra media horita del piano el bajo y el batería tocando algo más parecido al grupo anterior, menos de bailar y más de escuchar. La música era bestial, pero las pintas de los tipos con los kimonos y las expresiones que ponían eran la leche. No tengo fotos, pero ya se las sacaré a Andy. El bateria era un japones gordo con el pelo afro, el bajo era delgadito con pelo liso largo y bigote, y tocaba con expresión de monje budista. El piano llevaba melena que podría ser de metalero y que no paraba de menear adelante y atrás con expresión de éxtasis mientras aporreaba el instrumento.

Luego regresaron los otros tres para terminar el show con otra media hora de bailoteo. El saxo era calvo y llevaba una enorme gorra plateada, y bailaba como un gorila, el trompeta tenía pinta de tipo normal y miraba a todo el mundo como con desprecio, en plan malote de Kill Bill. El maestro de ceremonias era uno que sólo se dedicaba a animar a la gente con el microfono, y a hacer poses por el escenario. No tocaba, pero era pieza fundamental del espectáculo.

Resumiendo, una experiencia que bien me ha merecido la pena. Bebí cuatro pintas y he dormido seis horas, para luego trabajar nueve, pero lo volvería a hacer… dentro de algunas semanas.

Ace Cafe

julio 6, 2008

El domingo pasado fui a un sitio donde no importa lo macarra que seas, siempre habrá alguien mucho más macarra que tú. El Ace Cafe.

Este café fue desde los años cuarenta un sitio de reunión de moteros y rockeros. Cerró cuando los malditos hippies dominaron la tierra y volvió a abrir a principios de los noventa. Ahora mismo es uno de los antros más famosos de Europa en su género, y es fácil entender por qué.

Antes de que Rubén dejase la capital para volverse al campo, cosa que habrá hecho esta semana, aprovechamos para visitarlo. Ese día había concentración de motos británicas antiguas, Triumph, Norton y Triton. Como era yo el que iba delante llegué y aparqué entre todas aquellas reliquias. En cuanto Rubén se bajó de la moto me vino con cara un poco preocupada.

Ace Cafe

Ace Cafe

– ¿Qué coño haces aparcando entre las clásicas? ¡Las deportivas se aparcan al otro lado de la calle! ¡Que yo llevo una jodida Yamaha R6!

Curiosa manera de descubrir las pequeñas diferencias entre los moteros clásicos y los deportivos. En efecto habiamos aparcado entre todas las motos antiguas, donde estaban los moteros realmente macarras.  Los moteros que llevaban deportivas japonesas estaban al otro lado de la carretera viendo el espectáculo desde un parquecito.

Ninguna importancia, mi moto es una reedición de un modelo clásico, que de hecho atrajo bastantes fotos. La suya llevaba matrícula española y Rubén tiene bastantes tablas para soltárselas frescas a moteros con mostacho si es necesario.

El café por dentro estaba lleno de rockeros con pintas increíbles. La música era de los cincuenta y sonaba a toda leche para que los clientes pudieran oírla por encima del ruido del aparcamiento, medio sordos después de muchos años de montar al trueno. Aproveché para almorzar a la inglesa sintiéndome supermacho, hasta que miraba a cualquier otro cliente y me daba cuenta de que yo no soy más que un mierdecilla.

Nos quedamos allí un ratillo, disfrutando del ambiente y viendo unas máquinas maravillosas. Me traje de vuelta una taza para macarrizar un poco más mis desayunos y el convencimiento de que esta ciudad guarda muchísimas historias que se han de ir descubriendo poco a poco.